Si no sabes de marketing, habitualmente pasa más o menos esto.
Publicas unos carruseles en Instagram. Recibes tres «me gusta», uno de tu pareja.
Por cada publicación que promocionas en Facebook, desaparecen 150 euros, aparecen cero llamadas.
Frustrado, pagas a «alguien de marketing» para que «se encargue de las redes sociales».
Tarde o temprano, toca apelar la suspensión de cuentas, eliminar publicaciones a toda prisa y arreglar el destrozo.
Al final, buscas al familiar o al amigo que «sabe de redes», básicamente para que no las toque.
Si sabes de marketing, el camino es algo diferente.
Te pones en manos de una agencia.
Lenguaje incomprensible. Grandes promesas. Y grandes precios.
En primavera el becario de la agencia empieza a trabajar.
Elige unas plantillas de la agencia y se pone manos a la obra.
Por supuesto, no te hará ni una sola pregunta para entender tu sector ni tu negocio.
El cliente no puede saber que le cobran el becario a precio de directivo.
En verano, tu competencia aparece en todas las búsquedas de Google.
Tu negocio, en ningún sitio.
En otoño, sigues sin saber si realmente te han generado alguna venta.
Solo te dan datos de métricas que no importan.
En invierno, descubres que tu marca no la ha promocionado nadie salvo tú.
Cuando quieres irte, llega la sorpresa final, el contrato tiene permanencia.
Así, por otro camino, llegas al mismo sitio: no hacer nada.
La realidad es que en marketing, el que vale no te lo puedes permitir.
Y el que te puedes permitir, no vale.